Cómo incorporar el entrenamiento de la voz a lo largo de la jornada
El valor de las microprácticas: cuando unos pocos minutos, repetidos con frecuencia, producen grandes cambios.
Muchos de mis alumnos llegan a clase convencidos de que para mejorar la voz necesitan encontrar una hora libre y realizar una sesión completa de ejercicios. Como ese momento ideal rara vez aparece, pasan días —o incluso semanas— sin practicar.
Sin embargo, existe otra manera de entrenar: incorporar pequeñas prácticas a lo largo de la jornada.
Este enfoque no es nuevo. Se cuenta que el gran tenor Alfredo Kraus prefería dividir su entrenamiento en varias sesiones cortas distribuidas durante el día, en lugar de realizar una única y larga vocalización.
Hoy sabemos que esta forma de practicar tiene fundamentos sólidos. Las investigaciones sobre aprendizaje motor muestran que la práctica distribuida —es decir, entrenar con pausas entre un intento y otro— suele favorecer un aprendizaje más duradero que concentrar todo el trabajo en una sola sesión. Las pausas reducen la fatiga y parecen darle al sistema nervioso la oportunidad de consolidar lo que acaba de experimentar antes de volver a intentarlo.
Mucho antes de que estos procesos comenzaran a estudiarse científicamente, grandes observadores del movimiento ya habían llegado a conclusiones semejantes. Moshe Feldenkrais, por ejemplo, daba un lugar central a las pausas durante sus clases. Había comprobado, a través de años de experiencia, que esos momentos de descanso no interrumpían el aprendizaje: formaban parte de él.
En el entrenamiento vocal, las microprácticas ofrecen además otra ventaja. Hacer bien un ejercicio es apenas el primer paso. Lo importante es que esa nueva manera de usar la voz empiece a acompañarnos cuando hablamos, enseñamos, cantamos o conversamos. Las microprácticas ayudan justamente a construir ese puente. Esta idea coincide con los principios del aprendizaje sensoriomotor desarrollados por el fonoaudiólogo Marco Guzmán.
Sentir que un ejercicio salió bien no garantiza que al rato sigamos usando la voz de esa manera. Por eso es tan valioso volver a practicar unos minutos varias veces durante el día. Cada micropráctica funciona como un recordatorio que ayuda a transformar un ejercicio en un hábito.
La voz no cambia únicamente cuando entrenamos. Cambia, sobre todo, cuando logramos que una nueva manera de usarla aparezca una y otra vez en nuestra vida diaria. Y, muchas veces, ese cambio comienza con apenas un minuto de práctica.
Marco Cuozzo
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Cómo incorporar el entrenamiento de la voz a lo largo de la jornada
El valor de las microprácticas: cuando unos pocos minutos, repetidos con frecuencia, producen grandes cambios.
Muchos de mis alumnos llegan a clase convencidos de que para mejorar la voz necesitan encontrar una hora libre y realizar una sesión completa de ejercicios. Como ese momento ideal rara vez aparece, pasan días —o incluso semanas— sin practicar.
Sin embargo, existe otra manera de entrenar: incorporar pequeñas prácticas a lo largo de la jornada.
Este enfoque no es nuevo. Se cuenta que el gran tenor Alfredo Kraus prefería dividir su entrenamiento en varias sesiones cortas distribuidas durante el día, en lugar de realizar una única y larga vocalización.
Hoy sabemos que esta forma de practicar tiene fundamentos sólidos. Las investigaciones sobre aprendizaje motor muestran que la práctica distribuida —es decir, entrenar con pausas entre un intento y otro— suele favorecer un aprendizaje más duradero que concentrar todo el trabajo en una sola sesión. Las pausas reducen la fatiga y parecen darle al sistema nervioso la oportunidad de consolidar lo que acaba de experimentar antes de volver a intentarlo.
Mucho antes de que estos procesos comenzaran a estudiarse científicamente, grandes observadores del movimiento ya habían llegado a conclusiones semejantes. Moshe Feldenkrais, por ejemplo, daba un lugar central a las pausas durante sus clases. Había comprobado, a través de años de experiencia, que esos momentos de descanso no interrumpían el aprendizaje: formaban parte de él.
En el entrenamiento vocal, las microprácticas ofrecen además otra ventaja. Hacer bien un ejercicio es apenas el primer paso. Lo importante es que esa nueva manera de usar la voz empiece a acompañarnos cuando hablamos, enseñamos, cantamos o conversamos. Las microprácticas ayudan justamente a construir ese puente. Esta idea coincide con los principios del aprendizaje sensoriomotor desarrollados por el fonoaudiólogo Marco Guzmán.
Sentir que un ejercicio salió bien no garantiza que al rato sigamos usando la voz de esa manera. Por eso es tan valioso volver a practicar unos minutos varias veces durante el día. Cada micropráctica funciona como un recordatorio que ayuda a transformar un ejercicio en un hábito.
La voz no cambia únicamente cuando entrenamos. Cambia, sobre todo, cuando logramos que una nueva manera de usarla aparezca una y otra vez en nuestra vida diaria. Y, muchas veces, ese cambio comienza con apenas un minuto de práctica.
Marco Cuozzo
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